miércoles, 13 de febrero de 2013
Lo único que era capaz de ver era el rojo que la cubría gracias a la sangre que recorría todo aquel ya despedazado vehículo humeante. No sentía dolor sino libertad; se sentía en paz, como si se hubiera quitado un peso de encima, además era verdad. Ya no tenía quien la atormentara. Antes de perder totalmente el conocimiento aún podía oír la voz aguda e histérica de una mujer a su alrededor así como el penetrante sonido de las sirenas de una ambulancia en la lejanía. Mucho barullo, demasiado para ella; su cabeza cayó suavemente sobre su hombre, sus ojos se cerraron y sus orejas dejaron de percibir cualquier irritante sonido.
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