miércoles, 18 de septiembre de 2013

Cada edificio se le antojaba un gigante vestido de gala algunos y otros simplemente desnudos. El tono gris del cielo casi no se veía y los truenos lejanos que se oían la obligaban a aumentar el ritmo de sus pasos hasta que llego a la salida de aquel callejón y divisó en la otra acera a su amiga casi temblando del frío por lo que se apresuro más aún si cabe en llegar y entrar en el bar. Dentro dejaron colgados sus abrigos en el respaldo de las sillas en las que se sentaron y su conversación empezó.
Los temas diversos fluían casi más rápidos de lo que se deslizaban las gotas de la lluvia por las ventanas y justo en medio de las risas de las dos amigas el teléfono recibió otro wasap. Está vez de él. No sabía si mirarlo o si seguir con al copiosa conversación, pero decidió lo segundo. Las horas pasaban y ya llevaban algo así como tres o cuatro horas cuando la amiga dio por acabada esa sesión de cotilleo y terapia diciendo que tenía que ir al dentista y que al día siguiente se verían en el trabajo para seguir con la charla. Las dos se despidieron y sus tacones pusieron rumbo hacia casa.

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