martes, 12 de marzo de 2013

Estaba sentada en la cama, echa un ovillo con los ojos rojos, con el alma desgarrada y con las mejillas encharcadas. Un extraño ruido se oyó en la casa, como si algo pesado estaba recorriendo aquella pequeña cocina; parecía que se acercaba, parecía cada vez más cerca. Empezó a temblar, ¿Quién podía ser a parte de aquel a quien tanto temía? Empezó a sonreír. ¿Qué más daba un poco más de dolor en ese mar en el que se estaba ahogando? Igual la bestia tendría piedad y la mataría de un golpe limpio que no sintiera. Lo vio entrando en la habitación, notó como se le congelaba el aliento, pero no era capaz de sentir nada más que la humedad de sus mejillas. Su cerebro había parado de pensar, había parado de hacer teoremas, y se quedó mirando al infinito deseando que en un milagro eso tuviera piedad.

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